domingo, 22 de junio de 2014

El estigmatizante caso de la madre que no elegía las mejores palabras

         Las madres son un tema recurrente en estas historias. Esto es porque gran parte de nuestros "clientes" aún conviven con ellas, bien por edad, bien por necesidad o bien por opción personal. Algunos de los peores tragos de este negocio los he tenido precisamente por ellas: no es fácil aceptar que su hijo es un pedófilo, incluso que ha abusado de niños. "Carne de mi carne", que se suele decir. Cuando el culpable es el marido, por otro lado, no les duelen prendas en creerlo e, incluso, acabar con la relación.
         En alguna ocasión, al acabar la entrada y registro y llevarnos detenido al chaval (veinteañero), la señora se ha venido abajo (literalmente) y ha acabado en el suelo, presa de un ataque de ansiedad, con el consiguiente susto para todos los presentes y la necesidad de solicitar el concurso de los servicios médicos.
         Es habitual que estas mujeres, en su deseo de educar y proteger a sus niños eliminen los contenidos que descarga su progenie tan pronto como lo descubren. Recuerdo un caso en que lo había hecho en al menos tres ocasiones, la última justo antes de que llegásemos nosotros. Al buena pieza, de 16 años, lo encontramos dormido en casa —a las diez de la mañana, en vez de ir al instituto— porque se había pasado la noche entera "reconstruyendo" su colección de bebés violados, tan "injustamente" eliminada por quien tan solo estaba buscando lo mejor para él.
         ¿Qué queréis que os diga? A mí se me cae el alma a los pies cuando una mujer tan humilde, que se ganaba la vida a base de limpiar escaleras muchas horas al día y que intentaba lo mejor, quitándose horas de preciado sueño, para educar y criar a su chaval, se encuentra en tales...
         Solo la entrevista con las víctimas es más dura aún.
         En otras ocasiones, las progenitoras, en su esfuerzo por quitarle fuerza al asunto, ponen a su niño en situaciones bastante comprometidas o, al menos, humillantes.
         Estábamos dos compañeros desplazados a una bella localidad en la que habíamos centrado un domicilio, parte de una investigación internacional. Era una bonita casa a la que conseguimos entrar después de interceptar a la titular cuando salía. Como es habitual, todo el tinglado le pilló de nuevas y se sintió a medias ofendida y preocupada al saber que íbamos a registrar su hogar...
         —¿Dónde está el ordenador? —le pregunté, una vez metidos en faena.
         —En... en la habitación de mi hijo.
         Mal empezábamos. Si el niño no tiene supervisión alguna, puede estar de madrugada o, literalmente, todo el tiempo que pasa en casa, traficando con imágenes de abusos de menores sin que nadie se dé cuenta. El perfecto caldo de cultivo para estos delincuentes. Claro que aquel chaval ya había cumplido los dieciocho, por lo que se le suponía una cierta madurez, un poco más de autonomía. También es cierto que ese chico estaba en el instituto con un par de cursos de retraso respecto a lo que le correspondería, por lo que quizá esa madurez no estaba acreditada. Complicada labor la de ser padres.
         No nos costó mucho empezar a encontrar lo que guardaba entre sus posesiones informáticas para desesperación de la madre que, aunque aguantaba muy bien el tipo, la procesión iba por dentro.
         —Dígale a su hijo que venga. Es necesaria su presencia.
         Con las clases a medias, el chaval se presentó en casa. Por sus gestos, ya sabía perfectamente por qué estábamos allí. Aceptó con silenciosa resignación su destino.
         Ya casi terminaba la diligencia cuando, estando todos reunidos, policías, secretario judicial, el inculpado... la señora empieza a hablar:
         —Verán... Es que mi hijo tiene el pene muy pequeño, ¿saben? ¿Puede ser por eso que le gusten los niños?
         —¡Mamá!
         —Eso ha sido así siempre —insistía—. Está muy acomplejado.
         Él estaría acomplejado, pero nosotros no sabíamos dónde meternos... Señora, así no le estaba ayudando, créame...
         Le dimos las respuestas de rigor y fuimos a la Comisaría con las pruebas y el presunto autor.

         Os juro que me costaba mirarle a la cara para hacerle las preguntas durante su declaración. La palabra "pichacorta" planeaba todo el rato por mi mente... donde quedó a buen recaudo. Cada detenido tiene derecho a serlo de la manera que menos le perjudique. Humillarle no entra ni en mis atribuciones ni me conduce a esclarecer delito alguno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario