Las
madres son un tema recurrente en estas historias. Esto es porque gran parte de
nuestros "clientes" aún conviven con ellas, bien por edad, bien por
necesidad o bien por opción personal. Algunos de los peores tragos de este
negocio los he tenido precisamente por ellas: no es fácil aceptar que su hijo
es un pedófilo, incluso que ha abusado de niños. "Carne de mi carne",
que se suele decir. Cuando el culpable es el marido, por otro lado, no les
duelen prendas en creerlo e, incluso, acabar con la relación.
En
alguna ocasión, al acabar la entrada y registro y llevarnos detenido al chaval
(veinteañero), la señora se ha venido abajo (literalmente) y ha acabado en el
suelo, presa de un ataque de ansiedad, con el consiguiente susto para todos los
presentes y la necesidad de solicitar el concurso de los servicios médicos.
Es
habitual que estas mujeres, en su deseo de educar y proteger a sus niños eliminen
los contenidos que descarga su progenie tan pronto como lo descubren. Recuerdo
un caso en que lo había hecho en al menos tres ocasiones, la última justo antes
de que llegásemos nosotros. Al buena pieza, de 16 años, lo encontramos dormido
en casa —a las diez de la mañana, en vez de ir al instituto— porque se había
pasado la noche entera "reconstruyendo" su colección de bebés
violados, tan "injustamente" eliminada por quien tan solo estaba
buscando lo mejor para él.
¿Qué
queréis que os diga? A mí se me cae el alma a los pies cuando una mujer tan
humilde, que se ganaba la vida a base de limpiar escaleras muchas horas al día
y que intentaba lo mejor, quitándose horas de preciado sueño, para educar y
criar a su chaval, se encuentra en tales...
Solo
la entrevista con las víctimas es más dura aún.
En
otras ocasiones, las progenitoras, en su esfuerzo por quitarle fuerza al asunto,
ponen a su niño en situaciones bastante comprometidas o, al menos, humillantes.
Estábamos
dos compañeros desplazados a una bella localidad en la que habíamos centrado un
domicilio, parte de una investigación internacional. Era una bonita casa a la
que conseguimos entrar después de interceptar a la titular cuando salía. Como
es habitual, todo el tinglado le pilló de nuevas y se sintió a medias ofendida
y preocupada al saber que íbamos a registrar su hogar...
—¿Dónde
está el ordenador? —le pregunté, una vez metidos en faena.
—En...
en la habitación de mi hijo.
Mal
empezábamos. Si el niño no tiene supervisión alguna, puede estar de madrugada
o, literalmente, todo el tiempo que pasa en casa, traficando con imágenes de
abusos de menores sin que nadie se dé cuenta. El perfecto caldo de cultivo para
estos delincuentes. Claro que aquel chaval ya había cumplido los dieciocho, por
lo que se le suponía una cierta madurez, un poco más de autonomía. También es
cierto que ese chico estaba en el instituto con un par de cursos de retraso
respecto a lo que le correspondería, por lo que quizá esa madurez no estaba
acreditada. Complicada labor la de ser padres.
No
nos costó mucho empezar a encontrar lo que guardaba entre sus posesiones
informáticas para desesperación de la madre que, aunque aguantaba muy bien el
tipo, la procesión iba por dentro.
—Dígale
a su hijo que venga. Es necesaria su presencia.
Con
las clases a medias, el chaval se presentó en casa. Por sus gestos, ya sabía
perfectamente por qué estábamos allí. Aceptó con silenciosa resignación su
destino.
Ya
casi terminaba la diligencia cuando, estando todos reunidos, policías,
secretario judicial, el inculpado... la señora empieza a hablar:
—Verán...
Es que mi hijo tiene el pene muy pequeño, ¿saben? ¿Puede ser por eso que le
gusten los niños?
—¡Mamá!
—Eso
ha sido así siempre —insistía—. Está muy acomplejado.
Él
estaría acomplejado, pero nosotros no sabíamos dónde meternos... Señora, así no
le estaba ayudando, créame...
Le
dimos las respuestas de rigor y fuimos a la Comisaría con las pruebas y el
presunto autor.
Os
juro que me costaba mirarle a la cara para hacerle las preguntas durante su
declaración. La palabra "pichacorta" planeaba todo el rato por mi
mente... donde quedó a buen recaudo. Cada detenido tiene derecho a serlo de la
manera que menos le perjudique. Humillarle no entra ni en mis atribuciones ni
me conduce a esclarecer delito alguno.
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