viernes, 2 de octubre de 2015

El 80% de pederastas pueden quedar impunes con la reforma de la LECRIM

         El Congreso ha aprobado una reforma de la vetusta Ley de Enjuiciamiento Criminal (es de 1882). En ella introduce apartados muy necesarios para la investigación de delitos a través de Internet que serán muy bienvenidos.
         Lo preocupante es que, al mismo tiempo, los políticos han añadido una serie de artículos para protegerse de las investigaciones contra la corrupción. Uno de ellos es cuestión de semántica: el cambio de la palabra "imputado" por "investigado", para evitar el desprestigio que dicho término causa a los corruptos. En dos meses, el menoscabo de la una habrá pasado a la otra y todo seguirá igual.
         Más grave es el recorte de los plazos. Cansados de que los juzgados tengan tiempo para investigar y que ello saque los trapos sucios de los partidos y de los que los componen, han reducido el tiempo que tiene un juez a seis meses para investigar una causa sencilla y al triple para una compleja. Este tiempo se puede prorrogar por otro de igual duración si lo proponen alguna de las partes (fiscal, acusación, abogado...), pero no el propio juez de instrucción. Aquí tenemos dos piedras en una: algunas pruebas tardan más de ese periodo y, de paso, si por motivo de plazos una solicitud de prórroga no llega a tiempo, todo el asunto se cerrará y los corruptos podrán irse a casita incólumes.
         En su afán de protegerse (de evitar nuevas Púnicas, Gúrtels o EREs) han olvidado los daños colaterales que van a causar: cualquier investigación contra la pederastia online (y de la mayoría de delitos tecnológicos) dura más de seis meses y, a menudo, de dieciocho. Cada vez que se piden mandamientos, necesarios en España —al contrario que en la mayoría de nuestro entorno— para conocer el titular de una IP, pasan semanas hasta que el Juzgado puede responder (están saturados de trabajo) y, a veces, meses hasta que la operadora en cuestión responde.
         No solo eso: cada investigación da lugar a un registro domiciliario o más y el análisis del material encontrado, si se quiere hacer bien, puede tardar seis o siete meses, eso dedicando personal en exclusiva y contando que no haya demasiados discos duros.
         Si del análisis de ese material, como es habitual, se desprende en hallazgo de nuevos abusadores de niños, va a ser imposible enjuiciarlos. ¿Realmente es eso lo que querían conseguir?
         La solución a la lentitud de la Justicia en España va por otro lado. El primero, dotar de MEDIOS adecuados, tanto humanos como materiales (que todo se haga mediante papel, fax y telegramas es inconcebible: debería estar informatizada cada conexión entre juzgados y con la Policía).

         El segundo, algo tan SENCILLO y que lleva implantado en nuestro entorno AÑOS como los acuerdos antes durante la instrucción, algo que se empezó a implementar, a medias y con timidez, con los juicios rápidos e inmediatos: si acusación y defensa están de acuerdo, deberían poder evitar el juicio oral ANTES de que se celebre. Con eso se iban a quitar de en medio el 70% de causas sin molestias y ahorrando tiempo a la Administración de Justicia y al resto de partes (testigos, policías, etc).

martes, 8 de septiembre de 2015

La reparación más cara de la historia (proporcionalmente)

         
         Antes de ser policía trabajé (como casi todo el mundo) en muchas otras cosas. Una de ellas, y de las más interesantes, a pesar del poco tiempo que duré —ya había aprobado la oposición y solo estuve hasta entrar en Ávila— fue en el servicio técnico de una importante empresa de ordenadores. Era un empleo divertido, que me llevaba de un lado a otro de la provincia de Zaragoza en una furgonetilla de lo más apañada. Visitaba desde granjas que tenían nidos de ratoncitos dentro de la torre (claro, al calor del cacharrete estaban a gusto) hasta empresas urbanas donde un jefe no encendía un ordenador, porque tenía un subordinado que lo hacía...
         En una de esas, entró un aviso de una familia a la que no le funcionaba la voz de su PC recién comprado. Me agencié una tarjeta de sonido nuevecita, las herramientas... y carretera, porque estaba en un pueblo. Según el telefonista que les había atendido, ellos daban fe de que todo estaba correcto, a pesar de que se les había avisado de que se les facturaría si la causa era imputable a ellos, por mucho que el cacharro estuviera en garantía.

         Total, que tras una hora de coche, me planto en la casita y, tras la bienvenida de rigor, acudo a la salita donde tienen el equipo. Antes de instalarlo comienzo con algunas comprobaciones básicas: que los altoparlantes están encendidos, que los drivers estén bien instalados, que no haya ninguna señal de dispositivo defectuoso en Windows... Todo bien. Pongo algo de música... y nada, no suena. Qué raro. Demasiado raro. ¿Es posible que sea algún tipo de avería que no la diagnostica?
         Así, pues, me tiro al suelo a abrir la torre para cambiar la pieza defectuosa y reparo en un pequeño detalle. Los colores de los conectores jack de micrófono y altavoces no coinciden con los de la placa. Será posible qué...
         —Señora, voy a volver a encender el ordenador, si no le importa...
         De nuevo en marcha, cambio las clavijas, vuelvo a darle al play y... tadaaaa, todo arreglado.
         Entonces vino el momento de escribir la nota de trabajo. ¿Cómo redactar en qué ha consistido la reparación sin dejarlos como tontos? Estrujándome la mente para contarlo de una manera pomposa y al mismo tiempo sin faltar a la verdad.
         Al final, por "reparación efecutada: cambiar conectores de sitio" les facturaron tres horas de trabajo (una de ida, una de vuelta y una en el terreno, lo mínimo) a razón de ocho mil pesetas hora, más los doscientos kilómetros de desplazamiento. Más de treinta mil pesetas del año 2002 por mover una puta clavija de sitio.

         Yo no sé si me odiarían mucho. Desde luego, sentí vergüenza de aquel hostiazo que les metieron —que es lo que cobraba la empresa, no lo que me pagaban a mí, que ya me gustaría—. La verdad es que no podían decir que no se les hubiera advertido...

jueves, 3 de septiembre de 2015

CINE: Regreso a los Balcanes

         Me suele aburrir sobremanera el cine de Fernando León de Aranoa, con el culmen del sopor en "Los lunes al sol". Por eso, cuando supe que la esperada película "UN DÍA PERFECTO" ambientada en la Bosnia de 1995 era suya, reculé bastante, a pesar de la presencia de estrellas internacionales como Benicio del Toro o Tim Robbins. De todas formas, la idea me parecía atractiva, así que cogí a Jéssica, le di un voto de confianza y nos fuimos al cine.

         El resultado: una película REDONDA. Entretenida de principio a fin. Con la simple idea de una ONG que quiere conseguir una cuerda para sacar un cadáver de un pozo antes de que se pudra y lo envenene, da para cien minutos de metraje que no dan respiro. Y sin necesidad de que haya un solo tiro en todo el rato. No le hace falta. Unos personajes llenos de vida y de ideas propias y un paseo por los Balcanes, que son los verdaderos protagonistas. Estoy seguro de que a muchos españoles que estuvieron con casco azul en aquella época, habrá cien cosas que les resulten familiar. Por cierto que, como atrezzo, aparecen nuestros BMR y los viejos CETME-L. Cuando los soldados mostrados no son españoles, la cosa cambia bastante. De hecho, los obtusos que aparecen en la peli son un danés y un belga. Lógico. Estoy seguro de que nuestras tropas hubieran sido bastante más prosaicas en ciertos momentos y los problemas se hubieran resuelto de manera más sencilla.

         La película destila un cierto fatalismo que es habitual en el cine ambientado en aquel lugar del mundo. Quitando la prescindible "Guerreros", del inefable Daniel Calparsoro, otras situadas en ese conflicto tienen ese halo de que las cosas han de pasar así y que el Hombre solo pasa por allí de casualidad. En concreto la película bosnia "En tierra de nadie" me recordó mucho a la que ahora estrenan. Por fortuna, la de León de Aranoa tiene, al mismo tiempo, un sutil humor socarrón que destila en casi todas las escenas. Como si fuera la única manera de mantener la cordura entre tanta crueldad.


         En resumen: si estuvisteis en Bosnia, no os la perdáis. Si queréis darle un empujón al cine español (rodado en inglés, en este caso), no os la perdáis. Si queréis pasar un buen rato de cine, no os la perdáis.

viernes, 14 de agosto de 2015

El ministro, el ex-ministro, el postureo y la ley


       En un escandalazo sin precedentes, un ministro del Interior que tiene cierta tendencia a meter la patita cada vez que habla —o que hace algo—, se ha reunido, en la sede del Ministerio, con Rodrigo Rato, otrora prez de la economía y vicepresidente de Aznar y hoy caído en desgracia al descubrírsele varias investigaciones por seria corrupción —y eso a pesar de haberse acogido a la "amnistía fiscal" que se inventó el PP tras criticársela al PSOE—.

         Fernández Díaz ha dado explicaciones contradictorias sobre por qué demonios cometió esa torpeza, en las que afirma, como es obvio, que no ha cometido delito alguno. De hecho, reunirse incluso con el mayor de los criminales de la Historia no lo sería. Otra cosa es que sea una imagen adecuada para un gobierno agonizante que intenta legitimarse como sea para frenar la anunciada debacle de las próximas elecciones. Mi opinión personal es que no es más que otro gesto de caciquismo, como tantos otros a los que nos tiene acostumbrado un Ejecutivo tan autoritario como incapaz.
         De resultas de todo esto, el PSOE se ha apresurado a presentar una denuncia contra el ministro por "omisión del deber de perseguir delitos, prevaricación y revelación de secretos". Éste no ha tardado en contraatacar y avisa que denunciará a su vez a los socialistas por "injurias, calumnias y denuncia falsa". Ya está montado el sarao.
         El derecho, no obstante, va por otras vías y, aunque yo no soy jurista, sino un humilde policía judicial, creo saber lo suficiente para explicar por qué no va a pasar nada en uno u otro sentido. Y no, no tiene nada que ver con que el Fiscal General del Estado deba obediencia al ministro de Justicia que, fíjate tú qué cosas, es parte del mismo gobierno que el de Interior. No hace falta ni eso.
         La ley de Enjuiciamiento Criminal dice que todo aquel que conozca un delito debe denunciarlo de forma inmediata. No es necesario presentar pruebas, solo tener la sospecha de que se ha cometido. Los jueces y policías se encargarán de investigar si es cierto o no. Y bueno... indicios racionales de que la cosa no está muy clara los hay: el ministro que manda a aquellos que investigan a Rato se ha reunido con Rato. En fin. ¿Puede prosperar la denuncia? No, no puede. Las investigaciones penales son cosas de hechos, no de suposiciones... y de la reunión de dos personas en un despacho, a puerta cerrada, poco se va a poder saber. Salvo que Rato publique secretos que le haya pasado Fernández o la Guardia Civil reciba órdenes concretas de no investigarle, algo que sería ya ilegal por sí mismo.
         Del mismo modo, la contradenuncia tiene las mismas pocas posibilidades: una denuncia falsa es aquella que se pone con temerario desprecio de la verdad o a sabiendas de que lo que se dice no ha ocurrido. Es obvio que, igual que no se puede saber lo que se habló en dicha reunión, se puede suponer, dadas las posiciones de ambos —investigador e imputado—, que muy limpio no fue aunque, como he dicho, nada es demostrable.
         Las injurias tienen aún menos base. El ministro debería saber, por un lado, que solo son injurias, como en el caso anterior, las que se hacen con conocimiento de su falsedad o temerario desprecio hacia la verdad. Por otro, debería saber que los diputados son inviolables. ¿Qué quiere decir? Que pueden decir las mayores barbaridades en el ejercicio de sus funciones sin que se les pueda hacer reproche penal alguno. Es decir, son irresponsables, aunque fuera del derecho esa acepción tenga otros significados que parece que también se les podría aplicar a unos cuantos.

         Así, pues, todo esto no es más que un paripé, un postureo sin más sentido que marcar posiciones y desgastar al contrario con vistas a la cita con las urnas. Lo peor de todo es que el ministro ha puesto a trabajar a funcionarios en la contradenuncia, es decir, usar recursos públicos para dirimir un asunto tan privado como su amistad con Rato. Otra mácula más en uno de los peores políticos que ha dado este país —y mira que hay para elegir—.

sábado, 8 de agosto de 2015

La policía y "el pueblo"

         En periodos convulsos o simplemente cuando hay una manifestación o huelga por cualquier motivo, las redes sociales suelen llamarse de un clamor para que la policía "se olvide de los poderosos y ayude al pueblo". Me he preguntado muchas veces si están seguros de lo que quieren decir. Si se ahonda un poquito en el significado de esa afirmación, enseguida nos encontramos con pegas, con complicaciones. Y lo sé, a la mayoría de personas les gustan las respuestas simples a cuestiones complejas y, por tanto, optan por la falacia en vez de por la verdad. Este sábado me he decidido a sentar delante del teclado y a poner por escrito estas reflexiones:
         Un país de cuarenta y seis millones de habitantes es un ente muy complicado, cuya legislación ha evolucionado a lo largo de los siglos. La manera de regirse no es accidental: su cuerpo normativo, a través del método de ensayo y error ha ido viendo qué funcionaba mejor y qué peor y, con sus imperfecciones, ha de ser justo en mayor medida que no serlo, puesto que una injusticia mantenida en el tiempo desemboca en una revolución. Por supuesto, la sociedad evoluciona y las leyes también, porque las necesidades cambian y hay que cubrir cada nuevo aspecto. Por tanto, tenemos un montón de normas obligatorias que cubren casi todos los aspectos que deben ser cubiertos, desde si es adecuado o no ir desnudo por la calle hasta qué hacer si alguien asesina a otra persona. Los poderes públicos, entre ellos la policía, están obligados a cumplir todas esas normas. Es lo que se llama "Estado de Derecho", donde nada —idealmente— está por encima de la Ley.
         Por otro lado está "el pueblo". Es un concepto difuso en la mayor parte de las ocasiones. En puridad, es el conjunto de todos los habitantes de un país, incluyendo a los millonarios, los políticos y los nueve millones de personas que votan al PP. Ese concepto no suele ser entendido por los manifestantes, en parte enardecidos por la masa —el ser humano no se comporta de la misma manera en solitario que cuando forma parte de un grupo— y en parte porque todo el mundo tiende a rodearse de otros que piensan como él y, por esa falta de contraste, acaban por pensar que la totalidad de españoles tienen su mismo ideario, una de las grandes falacias que cuesta descubrir. Así, pues, "el pueblo" no es quien se manifiesta, ni todos los que están de acuerdo con ello: lo forman todos esos y además los que piensan y defienden justo lo contrario. Es cada uno de los que viven en España.
         Cuando una manifestación degenera en violencia, los que la llevan a cabo son apenas unos cientos de personas en el mejor de los casos. Los más de los ciudadanos que han ejercido su derecho a hacerse oír ni siquiera han estado en contacto con ellos. Por ello, es comprensible que, sobre el terreno, la gente se indigne y acuse a la policía de ello: carecen de la información suficiente. Lo que ya no es tan edificante es que ciertos medios informativos rehúsen buscar la verdad a cambio de unos buenos titulares y que cada habitante que protesta no se moleste antes en investigar. Internet está lleno de fuentes en las que se puede ver la realidad y luego que cada uno decida.
         Cuando se inicia el vandalismo contra un restaurante de comida rápida, ¿acaso no debe la policía intervenir? Si son los agentes los atacados, a menudo aguantan lo indecible —yo siempre lo digo: no valdría para la UIP, aguantar horas y horas bajo una lluvia de piedra, huevos y pintura sin poder actuar hasta que no lleguen órdenes "de arriba"—. Y eso teniendo en cuenta que todo español tiene derecho a defenderse si es injustamente atacado. La heroicidad de los antidisturbios es algo que solo comprende quien se ha puesto en una manifestación detrás de ellos y ha visto un ápice de lo que les ocurre.

         Es habitual en esas situaciones que se diga "la Policía debe unirse al pueblo". Para ello suelen poner una foto de Alemania, donde los uniformados, con los cascos en el cinto, van delante y a los lados de la marcha. Quien lo afirma, una vez más, no se ha molestado en aprender lo más mínimo. Lo que está haciendo es, tan solo, proteger el desarrollo del acto con un despliegue habitual cuando no hay amenazas inminentes. Si las hay, los germanos son mucho más drásticos que aquí y, como muestra, un botón:

         Yo me pregunto, por tanto, qué es "unirse al pueblo". ¿Acaso no es "pueblo" el que está cenando o trabajando en McDonalds? ¿No lo es laseñora que necesita cobrar el alquiler de su inquilino moroso para poder llegara fin de mes, porque es viuda y cobra apenas 300 euros de pensión?
         Además, queda una gran pregunta: si quien tiene que garantizar el cumplimiento de la Ley no solo no lo hace, sino que la empieza a infringir, ¿dónde está el límite? ¿Permitimos que se robe, pero solo bancos? ¿Y por qué bancos y no otros negocios? ¿Y cuando el tendero le vuele la cabeza con la escopeta al cuarto ladrón de la semana? ¿Lo detenemos? ¿O permitimos también el asesinato? Ya puestos, si todos roban ¿por qué la policía no, que está mejor equipada?
         Como podéis ver, eso no puede ser: las normas deben ser cumplidas escrupulosamente por los agentes o todo se va a la mierda con una velocidad de vértigo.
          Otra afirmación habitual es la de "no perseguir a los políticos, que son los verdaderos culpables". Es una falacia que se cae por su propio peso. En primer lugar "los políticos" es algo tan genérico como "los bomberos", "los maestros" o "los aficionados al fútbol": hay que discriminar y actuar cuando se detecta el delito... y las pruebas están ahí: Gürtel, Púnica, ERE, Malaya, Nóos... Caen de todos los signos y en todas las situaciones, algo que la sociedad conoce, como es obvio. Muchos no están en prisión preventiva —es decir, ANTES del juicio—, como tampoco lo están la mayor parte de delincuentes, salvo aquellos que han cometido delitos contra las personas. Es normal: hasta después de que una sentencia los condene, son inocentes a todos los efectos y tener en prisión a alguien que un juez no ha declarado culpable es una medida excepcional. Y así debe serlo.
         Porque la policía SIEMPRE está al lado "del pueblo". Porque es su obligación. Los agentes no son psicópatas: conviven cada día con lo más desfavorecido de la sociedad y a menudo les desgarra el corazón no poder ayudar más. Muchos pagan de su bolsillo un bocadillo, un billete de tren o una bufanda a alguien que está al límite de su aguante. Algo que nadie les va a devolver, pero llegar a casa con la conciencia tranquila no tiene precio.

         ¿Quien decir esto que todo es perfecto? ¡No! ¡Hay mucho que cambiar! Hay leyes injustas, hay situaciones no contempladas... La corrupción tiene poca persecución penal y, en general, los delitos contra la propiedad. Por contra, aquellos contra las personas tienen unas penas muy duras. Es un modelo que nos hemos dado y que nos da uno de los ratios más bajos de homicidios por motivos pecuniarios de todo el mundo. A cambio, la impunidad de ciertos delincuentes es casi absoluta. Como veis, ni esto es sencillo de cambiar, puesto que todo acto trae una consecuencia.
         Por último, os dejo una canción que viene al hilo... y la escribieron los Beatles. Os la resumo, por si alguno no va fuerte en inglés: sí, hay que cambiar las cosas, pero no te arrogues la suprema sabiduría: quizá no tengas tanta razón como piensas.

         

jueves, 30 de julio de 2015

Así, joven amigo, que quieres ser policía...


       Te dedico estas líneas a ti, que eres joven y me has preguntado un par de veces cómo conseguir ser policía y lo que representa. Te lo cuento por aquí porque puedo explayarme con calma y sin que la inmediatez de las redes sociales lo engulla en su vorágine.
         Lo primero que necesitas es vocación, por encima de lo demás. Si tu objetivo en la vida no es ayudar al ciudadano a costa incluso de su desprecio, éste no es tu trabajo. Si tienes miedo a las consecuencias —te van a denunciar con total seguridad antes o después—, mejor búscate otra cosa. Si buscas esconderte tras un mostrador, mejor hazte portero. Por supuesto, si tienes ínfulas de matoncillo, haz otra cosa porque, aunque engañes al tribunal, no lo harás con los compañeros y te verás solo. Más te vale tener nervios de acero, porque te insultarán muchas veces. Si eso te afecta, no vales para policía.
         Para formar parte del Cuerpo has de aprobar una oposición que no es en absoluto fácil. Aunque solo te piden bachillerato, la mayor parte de los que se presentan tienen una carrera universitaria y controlan, como mínimo, otro idioma. Muchos, al menos dos, aparte del español. Tendrás que enfrentarte a ellos en un temario que abarca temas de derecho, psicología, sociología, informática, riesgos laborales y un largo etcétera. Si lo apruebas, tendrás que afrontar unas pruebas físicas que incluyen flexiones, saltos, carreras y circuitos de agilidad. Tendrás que superarlo y con nota para pasar a la siguiente prueba: baterías de test psicotécnicos, examen de inglés, de ortografía —es importante escribir bien si quieres ser agente de la ley— y pruebas psicológicas. Si lo pasas, tendrás un reconocimiento médico, análisis de sangre y orina y una entrevista personal con un miembro del tribunal.
         Si has llegado hasta ahí, no creas que ya eres un funcionario de carrera: tendrás que pasar un año en la Escuela General de Policía en Ávila aprendiendo materias como investigación, seguridad ciuadadana, científica, deontología, sociología, psicología, derecho penal, procesal y administrativo, tiro, defensa personal, informática, etc. Si consigues aprobarlo, todavía te queda otro año de prácticas, también eliminatorio, en que actuarás como policía, siempre acompañado de un agente veterano y tendrás que tener mucho cuidado porque si la cagas acabarás en la calle.
         Olvídate de lo que has visto en las películas, en las españolas y también en las del otro lado del charco. Ser policía es un trabajo. Tu trabajo. No vas a tener un tiroteo cada semana. La mayoría de agentes, por fortuna, acaba su carrera sin pegar un tiro fuera de la galería. Posiblemente sí que tengas persecuciones, más a pie que en vehículo y te revuelques con detenidos por el suelo. Eso no tiene glamour. Es sucio y peligroso. Aunque ganes y le pongas los grilletes —que es como llamamos a las esposas— habrás sufrido y los golpes no se pasan al final del episodio: te los llevas a casa y duelen todo el tiempo.
         Por supuesto, nada de "aquí lo tenéis, chicos, lleváoslo". El detenido es tu responsabilidad y los papeles —las diligencias o atestado policial— que has de hacer por cada uno te va a llevar mucho más tiempo que la intervención en sí. No habrá un detenido que te tenga escribiendo menos de tres horas. Y al acabar, vuelve a ponerte la gorra y sal de nuevo a patrullar.
         Prepárate a que cada actuación sea examinada hasta el mínimo detalle por los mismos que te llamarán para que les ayudes. Ten en cuenta que cada vez que evitas una pelea, detienes a un ladrón o ayudas a una señora que se ha caído, nadie te va a aplaudir, pero como te veas obligado a usar la fuerza para atrapar a ese ladrón que, además, tenía una navaja, te van a linchar virtualmente.
         Tendrás que ir preparado porque "nunca pasa nada hasta que pasa" y quizá no te gusten las armas pero si, Dios no lo quiera, alguna vez la tienes que usar, mejor será que estés preparado y sepas lo que tienes entre manos, porque cuando las pistolas relucen es porque la vida está en juego. No creas, como en la tele, que las balas van donde quieres. Con cerca de doscientas pulsaciones por minuto, la adrenalina bombeando y los músculos agarrotados, solo podrás hacer lo que hayas ensayado mil veces. Ni siquiera verás un cuerpo definido, sino una mancha borrosa. Tendrás que convencer a un juez de que no le diste un limpio disparo en la mano que tenía la escopeta porque es fisiológicamente imposible.
         No esperes cobrar una hora extra en toda tu vida de las muchas que vas a hacer. El delincuente no entiende de turnos y cometerá su delito media hora antes de que tengas que ir a casa. Recuerda lo de las tres horas que te he dicho más arriba. Pasarás en vela miles de noches, no tendrás jamás un horario normal como el resto de tus amigos, trabajarás muchos fines de semana. Cuanto crezcas y tengas familia, ver a tus hijos podrá ser una odisea muchos días.
         Tal vez consigas estar destinado en una unidad de Policía Judicial, de los que van de paisano. En teoría tu horario será más "normal", pero la realidad es que la mitad de tu tiempo lo pasarás vigilando casas, almacenes o a individuos, para saber lo que hacen y cómo se mueven... y sin que te detecten. Tendrás que aprender a redactar muy bien, con la máxima claridad y convencer a un juez de que lo que cuentas ocurrió tal cual.
         Muchos de tus detenidos saldrán libres tan pronto como los pongas a disposición judicial. Debes entender que tu trabajo es pillarlos, cien o mil veces si es necesario. Si has escrito bien, antes o después saldrá el juicio y lo mandarán a prisión. Porque vas a acudir a muchos juicios. En ellos, abogados sin escrúpulos te acusarán de barbaridades solo para ponerte nervioso y que su defendido quede libre. Te intimidará la mirada seria de los magistrados, que no están de tu parte, pero tampoco en tu contra. Deberás tener pruebas sólidas.
         Tendrás jefes buenos... pero también malos. Algunos darán todo por defender a sus chicos. Otros te tirarán al pie de los caballos. Con todos habrás de lidiar. También habrá algún "compañero" que nunca esté disponible cuando pidas apoyo, pero por suerte son los menos porque si algo queda en la Policía es compañerismo. Y ojo, que eso no incluye encubrir a algún delincuente, si los hay. A esos nadie los quiere y suelen acabar denunciados y expulsados.
         A pesar de todo eso, cada día desde que entré en esta profesión es un orgullo y un nuevo acicate. La sonrisa siempre presente y la satisfacción del deber cumplido. Con cada pequeño triunfo en la memoria y cada fallo anotado para no repetirlo.

         Porque para ser policía debes quererlo ser. Solo en ese caso, joven amigo, deberás emprender este camino.

sábado, 18 de julio de 2015

La odisea de la compra legal de ebook

No es la primera vez que le pasa a alguien de mi entorno, pero sí la primera que me ocurre a mí:

Pongamos que quiero adquirir un libro que me interesa. Que ese libro está en formato electrónico, que me resulta más cómodo que pasar hojas, sobre todo para leerlo de noche sin molestar a nadie.

Ese libro (mala suerte) no está en Lektu, que comprar ahí sabes que te garantiza que todo va a funcionar bien y rápido... así que toca buscar. Lo encuentro en Amazon y El Corte Inglés... Vale, vamos a ello... ¡Oh, no, tiene DRM! ¿Y ahora qué hago?

Pues tenemos dos opciones:

1) Descargarlo de Amazon y pasarme un buen rato con el Calibre quitando drm y adaptándolo para poderlo meter en mi Kobo.

2) Descargarlo de El Corte Inglés, instalar Adobe Rights Management y al final que no me permita leerlo en Kobo...

Mientras tanto, lo busco por Internet y tengo doscientas páginas con el libro a un click, sin pegas y sin conversiones complicadas.

Solución: acabo pagando Y descargándomelo. Tengo que usar la copia pirata porque no hay forma de usar la legal.

Entiendo que, ante esos problemas, el 90% de los ciudadanos elijan la pirata sin pasar por caja.

¿Tan difícil es hacer las cosas BIEN, como Lektu? Tenemos la piratería que nos merecemos, al menos en parte. La persona honesta que quiere comprar tiene mil pegas para hacerlo (es como las amenazas en forma de anuncios cuando compras un DVD original). El ilegal lo tiene todo de cara.

¿Es que estamos tontos?