domingo, 25 de enero de 2015

Los extranjeros que no entienden a nuestra Policía #Historiaspoliciales

         En cierta ocasión nos encontrábamos investigando a un africano que se acostaba con menores a las que pagaba por ello, con mayor o menor voluntad (por parte de las crías, claro...).
         Era un tipo que, en general, no le gustaba respetar ninguna ley española, acostumbrado como estaba a que en su país, amparado en pertenecer a la casta dirigente, podía hacer lo que le diera la gana. Solía llevar los coches que conducía por el carril-bus (de ese que está separado del resto mediante tiburones o hasta el de la Castellana) y tampoco es que hiciera demasiado caso de los semáforos. Aparcaba donde le daba la gana, a menudo causando serios problemas de tráfico... que no le importaban tampoco demasiado. Esos son solo algunos ejemplos porque, igual que actuaba en esto, lo hacía en muchos otros aspectos de su vida que se convirtieron en delictivos.
         En lo que a nosotros respecta, la labor de atraparlo infraganti nos llevó mucho tiempo y esfuerzo, a menudo al viejo estilo, menos tecnológico y más policial: vigilancias, seguimientos, entrevistas, disfraces... El trabajo que curte a un policía y que a menudo los ciudadanos desconocen o no entienden.
         Después de seis meses de trabajo, por fin tuvimos la ocasión: había quedado con una cría en un hotel de cierta ciudad de España y nosotros montamos el dispositivo para poder atraparle en el momento en que el dinero pasara de manos. Para eso teníamos que estar dispuestos hasta en el mismo pasillo donde se encontraba la habitación elegida y, en la puerta, la menor (que no sabía nada de nosotros) esperando...
         En el momento en que pagó, acudimos tres agentes, dos para hacernos cargo de él y una compañera para atender a la adolescente de la forma que le resultase menos traumática.
         Una vez que lo tuvimos bajo custodia, el primero paso era asegurarnos de que no llevase encima nada peligroso, ni para él ni para nosotros, así como incautar cualquier objeto que pudiera resultar relevante para las actuaciones (pendrives, cámaras, etc). Como el pasillo estaba vigilado por cámaras del propio hotel, buscamos un recodo ciego —de nuevo para preservar la intimidad de la que todo detenido goza—. Mientras yo lo controlaba, el compañero, que era quien tenía que cachearlo, se puso los guantes anticorte (negros, de un material similar al cuerpo). En ese momento, el africano se puso a temblar de pies a cabeza.
         —¡No! Os lo diré todo, de verdad. ¡Que no miento!
         Nos miramos con expresión de sorpresa durante un momento. El tipo se había pensado que, fieles a la tradición de su país, le íbamos a zurrar la badana "porque sí", sin reparar en causas ni motivos. Pero claro, esto es España y nosotros somos profesionales y, por tanto, respetuosos con la ley y con aquellos que custodiamos.
         Después del susto inicial se dejó guiar como un corderito (no las tenía todas consigo de que la paliza no viniera después) durante el registro de su vehículo y su ingreso en los calabozos correspondientes. A partir de ahí, su actitud cambió. Como no nos temía, empezó a mentir u ocultar hechos (poco importaba, puesto que teníamos pruebas de cada cosa que había cometido). Eso sí, después del segundo día ingresado, su presencia de ánimo no era la misma.
         Le esperaba una sorpresa más: quedó en liberad con cargos, a la espera de juicio y fue a recoger el vehículo con el que había acudido al hotel. Allí tuvo la sorpresa (qué raro) de que, como lo había dejado en una zona de carga y descarga, la grúa se lo había llevado... Y la cachaza de presentarse en la Comisaría y exigir que le pagásemos la multa, porque había sido "nuestra responsabilidad".

         Ni que decir tiene que nadie le hizo caso...

domingo, 18 de enero de 2015

Cualquier sitio es bueno cuando las ganas aprietan #historiaspoliciales


       Volvamos de nuevo a los tiempos en que estaba en Seguridad Ciudadana, que suele ser la mejor fuente de anécdotas. Es una especialidad complicada, la más cercana al peligro, la menos reconocida y la peor pagada... y también de las más bonitas, la más "policial". Y eso lo dice alguien que está enamorado con la Judicial hasta desde antes de entrar.
         Esto ocurrió una noche oscura, en una zona que pertenecía a mi distrito y que entonces estaba aún sin urbanizar. La vegetación periurbana campaba por sus respetos y gracias que ya no estaba allí el poblado chabolista de unos años atrás. En mitad de toda aquella desolación había una nave industrial en la que habían saltado las alarmas. Por la naturaleza de su trabajo, estaban dentro la mayor parte de la noche, por lo que, si había habido un robo, era posible que hubiera rehenes o heridos. Muchas de las alarmas en aquel tiempo eran falsas (algo así como el noventa por ciento), aunque no dejábamos de acudir a ninguna con la debida celeridad, porque esas cosas son así: una de cada diez es la buena... y aquella fue.
         De noche las calles están vacías, más aún aquellos descampados, así que, si la situación lo permite, no dejamos que vaya una sola patrulla. Otros dos nos quedamos por los alrededores. Los comisionados se encontraron con el panorama de varios empleados atados y amordazados y la cámara de seguridad abierta, así que, de repente, estábamos buscando unos atracadores, quizá armados y con un buen botín.
         A medida que los empleados iban contando sus versiones, nos las contaban por la radio, para ayudar en la búsqueda. En un rato llegaron varias patrullas más, hasta de distritos adyacentes, para ayudar.
         Nosotros iniciamos una batida por la maleza más próxima, por si estaban ocultos, dado que habíamos reaccionado con bastante rapidez y tal vez no habían tenido tiempo de escapar. Otros compañeros cubrieron los accesos a las vías rápidas de salida de la ciudad.
         Así, pues, linterna en mano, recorríamos vericuetos apenas marcados entre arbustos y hierbas altas. Un par de veces nos asustó un conejillo o alguna rata gorda que escapaba de nuestra intrusión en sus dominios... Hasta que algo nos detuvo:
         Fue, como casi siempre, el veterano el que reparó en que, tras unas matas, lo que se movía no era precisamente un roedor, a menos que los hubiera de metro ochenta y setenta kilos de peso. Me hizo una señal y nos separamos, por si había tiros que no pudieran darnos a ambos sin tener que girarse. Hace once años, eso de tener chalecos de dotación era impensable. En todo caso, algún viejo armatoste en el maletero que limitaba mucho la movilidad.
         Con la mano en la pistolera, las trabillas de seguridad sueltas, gritó:
         —¿Quién hay ahí? ¡Policía! ¡Salgan inmediatamente!
         Pegué un respingo cuando, de verdad, las caras pálidas y asustadas de dos hombres jóvenes emergieron, subiéndose los pantalones y con los ojos como platos. Supongo que para ellos el susto fue más grande aún. Desde luego, no eran los criminales que andábamos buscando. ¿Qué hacían ahí?
         —Pero ¿qué coño hacen ahí? —preguntó mi compañero, como si me hubiera leído el pensamiento.
         —El acto sexual, señor agente —contestó uno de ellos.
         Tal vez no se le había ocurrido decir cualquier otra cosa, intimidado por dos uniformados o quizá lo de mentir no se le daba bien y no quería meterse en otro fregado más gordo.
         —¿Habéis visto alguien por aquí esta noche?
         Negaron con la cabeza.
         —No está prohibido esto, ¿no? —preguntó el otro, con un hilillo de voz.
         —No, no. Continúen, continúen...
         Los chicos se agacharon, aunque supongo que no estaban para muchas continuaciones después del susto. Lo más probable es que estuvieran recogiendo sus cosas. Yo estaba rojo, con los mofletes inflados de aguantarme. El veterano se dio cuenta al poco de lo que había sucedido y dicho.
         —Ni una palabra...
         —Nada, tranquilo...
         Al acabar la batida, de nuevo en la zona iluminada por las farolas, nos recibió el subinspector, coordinador de la zona.
         —Si no han encontrado nada, continuad con el servicio, chicos...
         —Eso —lancé, que ya no podía aguantarme más—, "continúen continúen".
         Los dos explotamos en carcajadas —aunque a mi compañero al principio le costó— y el jefe se quedó con cara de no saber qué carajo ocurría.
         Ni os cuento el cachondeo cuando se enteró el resto del turno...

         Los atracadores, al final, fueron detenidos meses después en una operación de la Brigada Provincial de Policía Judicial.

jueves, 8 de enero de 2015

La serie de #Alatriste o "podría ser peor"

Ayer vi el estreno de la problemática serie de Alatriste que se ha marcado Telecinco (con el truquillo de empezar media hora más tarde y así poder pasar los anuncios) y, al acabar, me sentí bastante satisfecho: me entretuvo de principio a fin que, como dice Pérez Reverte, es de lo que se trata.


Y me entretuvo, sobre todo, porque el guión es sólido y se mueve por caminos conocidos para los que hemos leído al académico. Los personajes están bien diseñados y hay tres que resultan muy creíbles: El propio Alatriste, Sebastián Copons y la Lebrijana. El problema ¡Ay! son el resto... ¿A quién se la ha ocurrido poner a una rusa a hacer de María de Castro?


La sensación, en general, es que es una serie pobre, que no tiene apenas recursos y por eso tienen que sustituirlo con ordenador. Da la sensación de que casi cada decorado es falso y que se ha rodado con un croma. Solo algunos exteriores parecen "reales" (aunque de cartón piedra), en los que se nota que son siempre los mismos, que apenas hay dos calles preparadas. Pero eso no la hace mala. Lo malo es lo demás, la desidia, los descuidos...


Porque, como el autor ha reconocido, no han contratado a un asesor histórico... y eso se nota. Aunque los diálogos son correctos (al menos no es Águila Roja...), el vestuario chilla por los cuatro costados, las calles, más aún, con esa limpieza impoluta de todos los personajes, por pobres que sean) y el atrezzo en general es de chiste. El carromato (porque no es una carroza) de Angélica de Alquézar da grima y parece que se vaya a desmontar en cualquier instante. No es en absoluto histórico.


Lo mismo pasa con las espadas, traídas de saldo de algún sitio y que no son españolas en el siglo en que la esgrima patria dominaba el mundo (con su "Verdadera Destreza"). Las peleas, sin embargo, son decentes. No hay que buscarle una técnica depurada, porque entonces nos vamos a desencantar, pero sí son entendibles y claras, que es más de lo que otras series históricas pueden decir.
Otro de los aciertos es la adecuada recreación de la mayoría de personajes históricos, desde el Conde Duque de Olivares a Quevedo... aunque de éste último me pregunto yo dónde se ha dejado la cojera... Y no me creo que una niña de 11 o 12 años, que no tendrá más (Angélica), manipule a su padre y a la Corona de esa manera. Pero en fin...


Luego están los escenarios: el lupanar del principio encajaría más en Juego de Tronos que en la España del XVII y, encima, se esfuerzan en no mostrar ninguno de los obvios desnudos que han puesto. O sea: ni lo uno, ni lo otro... La taberna de la Lebrijana, por su parte, parece que le sobra el dinero, porque en plena noche, con el garito cerrado, hay como 30 velas y una antorcha encendidas... ¿para qué? ¿para quién?


En resumen: podría haber sido peor porque, como he dicho al principio, por lo menos me ha entretenido.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

El caso del homosexual por prudencia #historiaspoliciales


       El mundo del grooming es complejo y cruel. Algunas de las condenas más graves que hemos conseguido, de casi 200 años, pertenecen a ese tipo de delincuentes que casi nunca han llegado a tocar a su víctima de forma física, sin que eso sea obstáculo para arruinar la vida de cientos de chavales de ambos sexos.
         El caso de hoy es un tanto especial, aunque no el único, porque el autor era también menor de edad y engañaba a chavales no solo de su ciudad, sino de su propio colegio para que quedasen con él. Seguía un plan muy típico (y es que estos criminales no son nada originales): se hacía pasar por una moza de buen ver para convencer a su víctima para que quedase con él y entonces se revelaba la verdad. Lo normal en estos tipos es que recurran al chantaje remoto (“mándame más fotos”), pero éste llegaba un paso más allá. Además, era un experto en engañar… a todo el mundo, con apenas dieciséis años.
         El servicio para atraparlo empezó de la manera habitual: controlábamos el apartamento en el que residía junto a sus padres y detectamos que se abría la puerta a la hora cercana a la que debía irse al colegio… aunque no llegó a la calle. Los minutos pasaron y observamos como el resto de su familia iba abandonando el edificio, uno a uno. Solo podía quedar él. Un poco asustados, decidimos comprobar si había alguien en el interior. Nos dimos la sorpresa de que nadie contestaba: estaba vacío.
         —¿Por dónde ha pasado? —preguntó, algo ofendida, la directora del dispositivo—. ¡Estáis controlando todos los posibles caminos!
         —Por aquí, no, jefa —contestamos uno tras otro todos los puestos de espera, mientras nos mirábamos asombrados.
         El misterio se solucionó un poco más tarde, cuando un miembro del operativo, haciendo una batida por el garaje (a la desesperada…) se lo encontró saliendo del trastero, de vuelta a su casa.
La joyita de jovencito cada día hacía lo mismo: salía antes, se escondía en los sótanos y, cuando el piso estaba vacío, volvía a seguir disfrutando del ordenador a espaldas de sus progenitores que, para mayor escarnio, eran profesionales de la educación.
Encontramos imágenes que le mostraban teniendo relaciones sexuales con otros chicos de su entorno, que tuvimos que identificar y oír en declaración, sobre todo porque no parecían demasiado forzadas.
         —Vamos a ver —preguntábamos por enésima vez a una de las víctimas— ¿tú quedabas con él sabiendo que era un chico?
         La historia era tan estrambótica que nos costaba creerla.
         —No, al principio no. La sorpresa era cuando en vez de la guapa rubia de ojos azules estaba él, que lo conocía del Instituto…
         —¿Por qué no te ibas en ese momento?
         —Porque me enseñaba las conversaciones comprometidas que habíamos tenido y amenazaba con contárselas a todos si no tenía sexo con él…
         —¿Y es más grave el qué dirán que acostarte con alguien que te obliga a ello?
         —Miren… si éste, que es maricón reconocido, dice que yo también lo soy… se acabó: ninguna chica se me iba a acercar nunca más. Por eso accedía.
         —Es decir, que prefieres hacer actos homosexuales a que te llamen homosexual, ¿no?
         —Pueden ustedes decirlo así.
         Tuvimos que hacer una reunión para asegurarnos de que lo habíamos entendido. Como todos habíamos llegado a la misma conclusión, la arriba explicada. Pensamos que la víctima no regía muy bien… hasta que todos los demás chicos, incluyendo los que tenían novia, declararon exactamente lo mismo.

         Por si aquello no fue lo suficientemente raro, al más veterano del dispositivo le dio por usar el nombre en latín de la ciudad cada vez que llamamos al Colegio de Abogados y todavía no sabemos por qué… Al menos fue un desahogo jocoso a una situación tan tensa como inexplicable aunque ahora, unos cuantos años después, nos arranque una sonrisa lo surrealista de lo que pasó aquel día.

domingo, 7 de diciembre de 2014

A veces se trabaja con auténtica mierda #Historiaspoliciales

         Ya disculparéis que me ponga tan escatológico con el título, pero es que la ocasión lo requiere.
         Llevaba tan solo un par de años trabajando en la BIT cuando llegó un "envío especial". Algún iluminado, quizá no muy versado en los insondables misterios de la informática, había decidido imprimir y pegar en un álbum de fotos una notable cantidad de imágenes de abusos a menores que había descargado de Internet. Se ve que su obra no le había acabado de satisfacer (o bien le entró miedo al saber que era un delito, por más que le gustasen) y decidió deshacerse de él.
         Me lo imagino en casa, en gesto pensativo, golpeando con la yema de los dedos su incómoda colección y decidiendo que tirarlo, sin más, a la basura, podría causarle algún problema extra. Después se le debió ocurrir romperlo a trocitos. De esa forma se podría librar con mayor facilidad... a menos que diera con un basurero apasionado de los puzzles. Además, las hojas de un cuaderno para fotografía son duras de verdad. Necesitaría por lo menos unas tijeras de podar. Demasiado esfuerzo y el resultado no estaba asegurado. ¡Había que pensar algo más!
         Al fin, se le encendió la lucecita. ¿Y si lo tiraba a la balsa de purines del pueblo? ¡Nadie en su sano juicio iba a revolver en mierda fermentada de gorrino! Así que, satisfecho con su brillante idea, realizó el paseo, el afortunado lanzamiento (ptchof) y volvió a hundirse en el anonimato del que jamás saldría. Y ya, ¿no?
         Pues no, claro. Algunos días después, unos empleados de la granja porcina viejo que algo blanco flotaba entre las deyecciones. A medias preocupados por la improbable posibilidad de que alguien hubiera caído y muy intrigados en general, decidieron utilizar los ganchos con mango largo que se tienen para esos propósitos. No quiero saber cómo hicieron para hojearlo, descubrir lo que era y, asustados, empaquetarlo bien empaquetadito y remitirlo a la Brigada.
         Unos días después, el bulto estaba delante de mi mesa, ya despidiendo un cierto tufillo a pesar de las capas de aislante.
         —¿Qué es esto? —le pregunté a mi jefe.
         —Lo han mandado de una granja de cerdos.
         —Me da que embutidos no es...
         —Dicen que es pornografía infantil que han encontrado impresa. Échale un ojo por si fuera de producción.
         Así que, tijeras y cúter en mano me puse a abrir el regalo... hasta que la perfumada realidad se abrió paso.
         —Jefe, que esto es mierda...
         —Sí, nuestro trabajo suele serlo... ¡por Dios! ¿A qué huele?
         —Pues eso, que es mierda, literal. De cerdo. Y fermentada. Las imágenes no las he repasado en profundidad —y con guantes de látex—, pero las que he visto son descargadas. Nada nuevo.
         —¡Saca esto de aquí, que contaminas el edificio entero!
         —¿A dónde?
         Nos miramos los dos. Nos miramos, de hecho, toda la sección.
         —¿A la basura? —propuso una.
         —Claro, para que la vea alguien y lo vuelva a mandar aquí —respondió otro.
         —Pues la destructora de documentos queda descartada. O eso, o la tiramos después —añadió un tercero.
         Solo había una forma útil de acabar con ello y me llevaba rondando la cabeza un ratito:
         —¿Y si la quemamos? ¡De las cenizas no se recupera nada!
         Un murmullo de asentimiento general y luego la pregunta inevitable:
         —¿Dónde?
         —Dentro del edificio descartado. Además —miramos el paquete con disgusto—, habrá que hacerlo rápido.
         —¿Dónde hay un bidón metálico cuando se le necesita? —se quejó un compañero.
         —A grandes males, grandes remedios —continué—. La entrada al edificio es de cemento. Lo hacemos en el suelo y luego barremos los restos. Asunto solucionado.
         —Vale, pero te encargas tú —me ordenó en inspector.
         —¡Sin problema!
         Así que para allí fui, con algunas tiras de papel de la picadora de papel y un mechero... Mi primer miedo fue que no prendiera, pero mi experiencia rural y de campamentos me había enseñado lo suficiente: si algo ha de quemarse, lo haría... Y así fue, con una pequeña pega: lo hacía muy despacio. Cada persona que entraba o salía se me quedaba mirando. Algunos alucinaban más, otros menos.
         —¡Que no te vean las de la limpieza! —me advirtió un subinspector con barbas que yo no conocía.
         —Existen destructoras de documentos —le comentó a su acompañante un señor que bigote con cara de mandamás, con toda la intención de que yo lo oyese.
         Pensé contestarle algo, aunque finalmente se impuso la prudencia.
         El tiempo pasaba y aquello no avanzaba. Después de media hora salió otro policía de la brigada a interesarse.
         —Aquí seguimos —le comenté—. Se va quemando, pero va para largo.
         Suspiró y se marchó hacia el contenedor de basura más cercano. Ahí encontró un palo largo y resistente y volvió resuelto. Separó las enmerdadas hojas y, con el aporte extra de oxígeno al interior, en menos de cinco minutos todo había acabado. Luego, con escoba, badil y una bolsa de plástico intentamos dejarlo lo más decente posible...
         Si bien las limpiadoras nunca nos abroncaron, aún hoy, si te fijas, a la derecha de la puerta del edificio en que estábamos, se ve un cerco en el suelo algo más ennegrecido.

         Conseguimos solucionar un problema inminente y acuciante (hasta de salud pública, si me apuras) con nuestros propios recursos y de forma eficaz. Eso también es parte del trabajo, de ser policía.

martes, 25 de noviembre de 2014

Otra de madres #historiaspoliciales

         De manera excepcional hoy voy a contar una historia en la que no estuve presente. Era una investigación mía y tendría que haber estado en ella, pero los avatares del destino (y la cantidad de trabajo) quiso que fuera el que entonces era mi jefe quien tuvo que acudir a la fase ejecutiva, acompañado de varios miembros de la Brigada de Policía Judicial de la provincia en la que ocurrió.
         Fue una operación muy bonita, una de las primeras (han pasado casi diez años) en que actuamos como una suerte de "agente encubierto", metiéndonos en ciertos sitios (hoy casi desaparecidos) donde los pedófilos intercambiaban su material con impunidad. El tipo del que os quiero hablar hoy nos envió varios archivos de indubitada pornografía infantil. La investigación lo centró en un pueblo muy pequeñito del interior y para allá fueron los responsables del dispositivo.
         Llegaron con las primeras luces del alba y la aldea estaba vacía. Solo la trémula luz de las farolas y algún gato temeroso rompía la quietud de una localidad que parecía detenida en el tiempo. Nadie salió a preguntar qué hacíamos allí cuando los agentes llamaron a la puerta. Abrió una mujer muy mayor, encorvada y llena de arrugas. Era la madre del sospechoso, que pasaba de los cuarenta y no se le conocía pareja estable. Ambos vivían juntos, algo muy típico en los consumidores de imágenes sexuales sobre menores.
         Dos compañeros entretuvieron a la anciana para que no supiera la verdadera naturaleza de nuestra presencia allí, mientras los demás, junto con el secretario judicial, realizaban la diligencia. El investigado reconoció los hechos y se ofreció a colaborar del todo siempre que su progenitora se quedase al margen. Temía que del disgusto pudiera quedarse en el sitio. A nosotros nos pareció un trato justo. Pero, como ya hemos dicho en tantas ocasiones, una madre es una madre y es difícil de engañar.
         Acabaron la inspección y se llevaron los discos duros y otros soportes que contenían los archivos ilegales.
         —Solo les pido un favor más —les rogó, antes de salir—. Este es un pueblo muy pequeño y si se enteran de que me llevan detenido, más aún el motivo, no podré volver jamás. Ya saben que yo nunca he tocado a un niño, ya es bastante cruz. Y no les digo nada mi madre...
         De nuevo se le concedió el deseo. Como ya he contado en el pasado, no es nuestra labor humillar a nadie, sino tratarle como menos perjudique a sus intereses. Sí, aunque sea un pedófilo. O lo que sea.
         Así pues, la comitiva estaba dispuesta a marcharse en los dos coches que habían traído cuando, de repente, se abre el balcón principal de la casita en la que vivían, situada en el mismo centro del pueblo, y sale la anciana mujer, chillando como un gorrino y agitando las manos en alto.
         —¡Vecinos! ¡Vecinos! ¡Mi hijo!
         Ante los gritos, las luces de otras casas se empiezan a encender y algunas persianas se levantan con timidez. Un tractor que pasaba frena en seco al ver a una convecina en apuros.
         —¡Mi hijo! ¡Que se lo llevan! ¡Que se lo lleva la Policía!
         Algunas caras empiezan a mirarnos con ojos torvos. Supongo que alguno estaría preparando la hoz y la antorcha, como en Los Simpsons. Claro que la actitud cambió radicalmente ante las siguientes palabras de la provecta dama:
         —¡Se lo llevan por lo de los niños! ¡Porque le gustan los niños!
         —¡Hostia! —exclamó el conductor de uno de los coches.
         —¡Dale, dale! —le apremió mi jefe—. ¡Sal de aquí que nos lo linchan!
         Las miradas torvas cambiaron rápidamente de la Policía al detenido. El peligro era bastante mayor, porque ese tipo de delincuentes están bastante mal mirados en todas partes, así que se apresuraron en coger carretera de vuelta a la capital de la provincia.
         —¿Creen ustedes que iré a la cárcel?
         —Eso depende de muchas cosas —le intentó explicar el inspector—. El procedimiento es complejo y...
         —Es quiero ir a la cárcel. Así estudiaré una carrera y por fin seré alguien de provecho, como quiere mi madre.
         Se quedaron sin palabras, claro... Le costó un rato poder decirle:
         —Eso háblalo con tu abogado, anda. Seguro que te sabe orientar.
         Ni que decir tiene que madre e hijo se tuvieron que mudar a otro pueblo a las pocas semanas.
         Y, por cierto, el individuo acabó condenado pero no entró en prisión. En el juicio fue la primera vez que le vi la cara y no creo que sea del tipo que reincide.

         A veces uno se queda con sensación agridulce... que no todos los malos son tan malos. Puede que tan solo estén equivocados.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Estereotipos internacionales de un policía viajero.

         En estos momentos escribo desde La Haya. Me encuentro realizando un trabajo en EUROPOL que me tiene aquí dos semanas. Formo parte de un equipo internacional con gente de varios países del mundo. Trabajamos hasta tarde todos los días y no me queda mucho tiempo para escribir. Hoy he sacado un ratito para contaros algo.
     Trabajar en la BIT implica, en la mayoría de los casos, mucho contacto internacional. En mi área, la lucha contra la explotación sexual de menores, el esfuerzo es conjunto y mundial: todos remamos en la misma dirección y con un éxito notable (aunque siempre hay lugar para la mejora). Escribir en inglés a diario, hablarlo a menudo y, de vez en cuando, un viaje a algún lugar como Alemania, Canadá, Francia, Holanda o Finlandia, por citar solo algunos de los que he recorrido por motivos profesionales. En ellos he estado con compañeros de todo el mundo y he aprendido mucho de sus formas y maneras.
         Salvo casos muy excepcionales (como dos tenientes coroneles, ambos mujer, de la Policía de la Moral iraní, que no se juntaban ni un poquito con los occidentales), hay un gran espíritu de simpatía en el que te das cuenta que las personas, después de todo, son bastante parecidas en todo el mundo, con aficiones, gustos y costumbres bastante intercambiables.
         De lo que me apetece hablar, no obstante, son los estereotipos (como todos, equivocados) que he encontrado juntándome aquí y allá. Como los “vikingos” (daneses, noruegos y suecos) que a cada ocasión se junta entre sí y, hablando cada uno su lengua, se entienden bastante, mejor que nosotros con portugueses e italianos, al parecer.
         En cambio, si ves a un grupo de personas mirándose a la cara en silencio, quietos en una esquina o paseando… sin duda son finlandeses. He llegado a creer que son telépatas. De verdad, qué gente más callada.
         Viajar te quita muchos mitos, como lo de que los nórdicos sean fríos hasta en el saludo. Para nada. Daneses, holandeses, franceses y muchos otros se abrazan cuando se ven o se despiden sin tener una especial relación, con muchos golpes en la espalda, al estilo varonil… porque los besos en la mejilla cuando hay mujeres implicadas también es corriente. Solo cambia la cantidad: dos entre francesas e italianas y tres para alemanas, holandesas y danesas. Las estadounidenses, por su parte, son más distantes, bien es cierto. Son de dar la mano y, por cierto, de las pocas que las dan con energía suficiente.
         Una de las costumbres más molestas que encontré en Canadá (en la zona de Quebec, no tanto en Ontario) es la de la gente en general (no policías) de caminar muuuy pegaditos unos a otros. Me da la sensación de que me intentan robar (o, al menos, soplar en la nuca). Claro que en el Norte en general (tanto de América como de Europa) la gente deja la cartera y el móvil encima de la mesa y no pasa nada… La sensación de inseguridad subjetiva es muy inferior a la que tenemos por aquí.
         Eso sí, la forma de actuar en los operativos varía muuucho de país en país. Esos que nos ponen a caer de un burro se llevarían un chasco al saber que en Reino Unido, por ejemplo, puedes acabar en el calabozo y condenado solo por faltarle un poco al respeto a un agente de la ley… y no te digo ya en Estados Unidos donde, además, son bastante contundentes. En general, en casi todo nuestro entorno, el respeto a la Policía es superior que en España.
         También tiene que ver con la idiosincrasia de cada lugar. En Montreal nos libramos de una multa por cruzar un semáforo de peatones en rojo por ser extranjeros, pero el chorreo de la oronda agente nos cayó. Yo hice lo que mejor se me da: agachar la cabeza y poner cara de bueno. Al poco, un tipo intentó robar a una señora y los dos primeros ciudadanos que pasaron, que ni siquiera se conocían entre sí, lo placaron hasta que llegaron los uniformados. Aún tengo que ver eso en España.
         Y a la hora de ser estrictos sin más, los alemanes se llevan la palma. En una pequeña ciudad alemana, cruzada por una carretera casi siempre vacía y de perfecta visibilidad, hay un semáforo. El autobús tiene una parada justo delante. En una ocasión, cuando estuve allí, había un nombre nerviosísimo porque se le escapaba el transporte y la luz estaba roja. Aunque no venía nadie, era incapaz de cruzar. Los hispanos llegamos y le adelantamos como si allí no hubiera impedimento alguno. Por su mirada, le costó entender que era físicamente posible cruzar la vía de esa manera. A los pocos días empezaron a hacerlo todos. Lo llamaban “cruzar a la española”, aunque también portugueses, italianos, griegos y franceses lo hicieran.
         ¿Y los españoles? ¿Cómo nos ven los demás? Pues principalmente, que solo nos relacionamos entre nosotros. Francamente, razón no les falta. Será por el escaso dominio del inglés que solemos tener, será porque somos gregarios como ovejas, pero no falla: si hay siquiera dos españoles entre ocho, empezarán a hablar en su idioma haciendo el vacío a los demás.
         Eso se podría atribuir también a los italianos, aunque la última vez que estuve junto a dos, no se hablaban entre sí y uno se juntó a los holandeses (más bien a las holandesas) y el otro se vino con nosotros.

         Y me queda hablar de Angola, donde pasé tres inolvidables semanas, pero eso es largo y lo dejo para otra entrada más adelante.